Somos Palpita

El equipo de La Cocina Palpita está formado por los más variados y exóticos ingredientes, y eso es lo que lo hace especialmente sabroso!

Mattew Porcher, el chef

Le basta con el mar, un buen pescado, la arena bajo la planta de los pies y compartir todo eso con su familia para ser feliz. Pero no entiende esa vida sin meterse entre fogones. Entonces, se convierte en el hacedor de los aromas de nuestra cocina, en el pintor de nuestros platos y en el viajero que en lugar de fotos nos enseña recetas. Nació en Marsella, creció en Ibiza y se formó, casi de manera autodidacta, en su propio restaurante, El Trotamundos, en el paraíso sureño del Cabo de Gata. Más tarde, ya en Barcelona, trabajó en los fuegos del Grupo Tragaluz, hasta que se volcó en La Cocina Palpita desde su creación en 2013. Viendo su recorrido, podría decirse que lleva el Mediterráneo en las venas; pero eso sería quedarse corto. A través de sus platos, llegan los picantes de Tailandia, los cítricos del Perú, la técnica de la vieja Francia y la perfección japonesa. Sólo se pone un límite: que sus ingredientes sean los que ofrece el sabio calendario de las estaciones.

Juliana Mejía, la directora

Es la estrella polar de La Cocina Palpita. La que nos marca el norte. Su plato es aquel en el que sirva un producto que por sí sólo y con poca cocción aborde de lleno el paladar. Los artificios los reserva para el diseño en la presentación y el escenario donde transcurra la comida. Aunque para ella, basta si es al aire libre y en buena compañía. Peripecias de la vida la llevaron al sur. Allí adquirió la sana costumbre de la caña bien tirada, del toque de brasa en el marisco, y la sabiduría de saber qué vino va con qué. Cogió maneras dirigiendo salas de restaurantes y gestionando equipos en servicios de catering, hasta que en 2013 empezó a construir La Cocina Palpita. Convierte en un proyecto sólido las pinceladas de ideas de sus clientes. Entiende la gastronomía como parte de un todo en el que la comida está ligada al arte, la cultura y el diseño. De ese modo, con las bases que conceden la arquitectura y la escenografía, las propuestas iniciales terminan en sus manos convertidas en eventos gastronómicos para todos los sentidos.

El equipo

Son los que madrugan a preparar el café. Y los que se quedan a bajar la persiana cuando se va el último invitado. Son los que montan y desmontan comedores, barras y carpas. Y lo hacen llueve, truene o nieve. Son la sal y el limón en nuestros eventos. El vino que se desliza suave en nuestras cenas. El chile que calienta las ferias de comida callejera. Y el té a la menta con el que reposamos los momentos de tensión. Ellos son nuestra cara con los clientes. Y nuestro vínculo con el mundo porque hablan desde árabe a francés, pasando por todos los acentos suaves del español de Latinoamérica. Son los que nunca han roto un plato y los que nos vigilan para que no se nos queme nada en el horno.

Todo está bien, si está el equipo.